Y de pronto me senté, y sin mirar, comencé a leer – recordó más tarde-…la gente me escuchó. -parecía como si en ese instante bisagra de una escena a otra su voz habría adquirido un semblante distinto, como si ese conjunto de cuerdas vocales nicotínicas y cansadas se hubieran ordenado fatalmente logrando penetrar en los oídos de una manera inefable- Sí, me escuchó, me escuchó pero a la vez demandando más, me animé a mirar y contemplé en sus caras las ganas, veía en sus ojos la carencia de una emoción tal desde hacía tiempo. Mi voz, con la firmeza de un roble y dura como el diamante repetía las palabras que me dictaba el libro:
“-¿Para usted la vida tiene sentido?
-Absolutamente ninguno. Nacemos, vivimos, morimos, sin que por eso dejen las estrellas de moverse y las hormigas de trabajar”1
Pasajes anteriores del libro definían al protagonista como un ser vacío, como una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre, un ser autodestructivo y autodenigrante, y yo estaba ahí, tan autodestructivo como Erdosain, sabiendo que no encontraría manera de escapar de sus miradas, de sus oídos, y sin querer hacerlo. Noté que mi piel sudaba y comprendí que era la vergüenza o el temor de mi cuerpo tratando de salir para luego evaporarse, para luego ser aire, para ser luego lluvia, luego agua y nuevamente sudor, sudor que empapaba la vida con un fatalismo inteligente que no hacía más que confirmar lo que leía: “…Nacemos, vivimos, morimos…”. ¿Y qué podía hacer yo ante tal certidumbre? Absolutamente nada, el tiempo y la naturaleza eran ahora mis adversarios y yo con un libro en la mano no encontrando en mi alma una sola hendidura por donde escapar.
Al momento de gritarme a mí mismo comprendí que esas hojas, esas palabras, jamás me advirtieron que las avenidas pueden convertirse en callejones sin salida. –flotaba en el aire ahora una nube de certezas que contagiaba a todos con una incertidumbre: ¿Qué hacer? ¿Qué debe hacerse? – Nadie en el auditorio fue advertido de ello, y sin embargo, había en sus caras algo que le daba las gracias al Universo.
¿Qué había en esas palabras que a la gente les causara tal sensación? ¿Por qué les movilizaba tanto la crudeza de este libro? –preguntábase luego- Con el tiempo descubrí qué era lo que les causaba esa inmovilidad y ese deseo de seguir escuchando, qué era lo que seguía alimentando ese salvaje impulso inicial que los lanzó a escucharme: resulta que estaban escuchando de mi boca las palabras menos optimistas pero las más sinceras, resulta que el señor Arlt estaba siendo sincero.
F.P
1 Los siete locos - Roberto Arlt, Octubre de 1929